Saltar al contenido principal
Desde el paddock23 de junio de 2026 · 5 min de lectura

Dos comidas al día castigan el estómago de tu caballo

Para nosotros es cómodo y ordenado; para el caballo, un error silencioso. Lo que hay que acertar al dar de comer no es lo que va en el cubo, sino que el forraje se acabe lo menos posible.

Una red de heno de malla pequeña colgada en un box, todavía medio llena a primera hora de la mañana.

Dos comidas grandes al día es lo cómodo. En la cuadra queda ordenado, facilita los turnos del personal, es fácil de recordar y encaja con cómo comemos nosotros y con cómo damos de comer al perro. Solo tiene un problema: el caballo no está hecho a la medida de nuestra comodidad.

Si un caballo es un animal hecho para comer poco y casi sin parar (y lo es), lo que más hay que acertar a la hora de dar de comer no es lo que va en el cubo. Es que el forraje se acabe lo menos posible.

El estómago que nunca para

El estómago del caballo produce ácido de forma más o menos continua, haya comida dentro o no, porque evolucionó dando por hecho que casi todo el tiempo iría pasando un poco de fibra. Es pequeño para el tamaño del animal, y todo lo que viene detrás está pensado para un flujo lento y casi constante de fibra larga, no para dos tomas grandes al día con largas horas vacías entre una y otra.

Esas horas vacías son el problema, y no se ven. Un caballo parado en un box limpio, con la red vacía a las dos de la tarde, sale en la foto igual que otro que acabó el heno hace diez minutos. La diferencia está toda por dentro: ácido continuo, un aparato digestivo hecho para seguir en movimiento y un cerebro que esperaba estar comiendo la mayor parte del día. Pasar muchas horas sin forraje es un riesgo conocido para la digestión y para el bienestar: aumenta la probabilidad de úlceras gástricas y es una de las rutinas de manejo más ligadas a la frustración y a las conductas anormales en la puerta del box.

Las horas que de verdad importan son las de la noche

Dentro de la mala noticia viene una buena: el peor tramo es también el más barato de arreglar.

En la mayoría de las cuadras, el tramo más largo sin forraje es el que va entre el último heno de la noche y el primero de la mañana, porque es justo cuando no hay nadie para reponerlo. Un caballo que a las nueve ya ha vaciado la red de la noche y no vuelve a tener comida hasta las siete pasa diez horas sin nada, mientras su estómago sigue igual que si estuviera comiendo.

Hacer que el forraje de la noche dure más suele ser el cambio que más aporta, y no cuesta casi nada. En un centro de pupilaje puede que no seas tú quien decide el horario de las comidas, pero la clave sigue estando en las horas de la noche, y dos palabras bien concretas con quien hace la ronda de la noche y la primera de la mañana suelen ser lo más útil que puedes hacer.

Que le dure más, sin quitarle nada

Cuando un caballo come demasiado deprisa, el instinto es darle menos. Casi siempre es un error: se está leyendo la señal al revés.

Las herramientas para esto no son manías ni extras opcionales para propietarios quisquillosos. Redes de malla pequeña, doble red, comederos lentos, heno repartido en varios sitios para que el caballo tenga que ir de uno a otro: todas tienen la misma utilidad, alargar el tiempo que dura el forraje sin cambiar la cantidad. Y eso es justo lo que le hace falta al ritmo de la mayoría de los caballos.

(Si a un caballo en concreto hay que reducirle además el forraje total, remojárselo o cambiárselo, y en qué medida, es otro tema, y le corresponde a tu veterinario o a tu nutricionista equino, no a este artículo.)

El forraje, antes del pienso

Si el caballo come pienso, el orden importa. Echar un cazo de pienso en el cubo y dejarlo a lo suyo mientras vas a por el heno es mandar el concentrado a un estómago vacío. Cuatro minutos hasta que llega el heno no son una catástrofe, pero multiplica esos ratos con el estómago vacío por una semana de mañanas y tienes una rutina que trabaja en silencio contra el caballo sin ningún motivo práctico. Dar primero el forraje, literalmente primero, no cuesta nada.

Las seis de la mañana, en febrero

La cuadra está a oscuras y los caballos han oído la puerta. La yegua del tercer box ha hecho trizas la red, la ha destrozado del todo, y da manotazos a la puerta cada vez que se mueve el carro de los cubos. Lo fácil es llamarla glotona. Maleducada. Obsesionada con la comida.

Nada de eso es lo que está pasando. Esta yegua terminó el forraje anoche a las ocho y media y ya van casi diez horas. Las vueltas en el box y la red destrozada no son un problema de modales; son justo lo que cabe esperar cuando a un organismo se le impone un ayuno para el que no está hecho. El caballo de dos boxes más allá está tranquilo, con unas briznas todavía en la red: su propietario se pasó a una red de malla pequeña para la última toma de la noche, y el heno le ha durado hasta la primera ronda. Misma cuadra, mismo desayuno, distinto ritmo por la noche. La diferencia no es el temperamento.

El repaso rápido por la cuadra

Cuatro preguntas, sin cantidades, y con ellas se detecta casi todo lo que falla en el ritmo:

  1. ¿Cuántas horas seguidas pasa sin forraje como máximo?
  2. ¿Ese tramo es el de la noche? ¿Se puede acortar?
  3. ¿El forraje llega antes que el pienso?
  4. ¿El último cambio en su rutina se hizo poco a poco? (Un cambio brusco de heno o de pienso es en sí mismo un riesgo para la digestión.)

Si alguna respuesta no te convence, el primer paso casi siempre es el mismo y casi siempre pequeño: que el forraje de la noche dure más, con una red de malla más pequeña a última hora, y sin cambiar nada de golpe.

El caballo no necesita una cuadra perfecta. Necesita un ritmo mejor.

Guárdate esto si en tu centro las comidas todavía se llevan de memoria.

~ Daniel ✌️